El paraguas era bueno, tenía que ser bueno, lo necesitaba porque llovía a cántaros: una de esas lluvias de cambio de estación como si te dijera de Santa Rosa pero en pleno enero. Me habían dicho que los paraguas de hombre eran más fuertes, más aguantadores, más duraderos... No che, no es feminista la cosa: qué te digo, que se hizo bolsa en cuanto terminó el aguacero. Qué palabra, fíjate, aguacero. Últimamente casi todas las palabras me parecen extrañas, aguacero es una de ellas, un poco pasada de moda, como batifondo. Mi abuela, de chicos, nos retaba: ¡No hagan batifondo! Pero sin embargo algo más embarazoso que todavía no sé decirte recubre otras palabras como cigarrillo, cartera o familia.
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EL PROBLEMA de Haydeé Basso
… revolvía el cafecito ese que se hizo como si fuera la última que vez que tomaba un café… No tenés que hacerte malasangre le decía yo, pero ella que no, que estaba emperrada que se le iba y yo digo que bueno que pruebe a ver hasta dónde va. Todos esos aspavientos que viene el General que los socialistas y se la pasan hablando de un tal Masotta y de la sicología, que no sé para qué tanta sicología si al final es como yo digo y después dele que revolvía el café despacito, que ni la miraba y que miraba el café y yo yai sabia todo porque lo había estado pispeando y cómo che vos le digo querés que te mire con isa cara e culo, ella ni se molesta porque está como atontada, que se le fue y que ya está. Después a la tarde se la pasó en el estudio pintando porque decía que tenía que hacer la catarsis, todo marrón… Cuando terminó me llamó y se tomó unos mates y me preguntó qué era lo que yo veía, primero le dije qué lindo pero después no me contuve y le dije que no entendía ni mierda, y que le pusiera un poco de color. Me dijo que era Ezeiza, quil tablón marrón y todo lo marrón era por la tristeza de no ver al General y yo le dije que no me mintás que vos estás así por el Eduardo y otra vez con la historia que ni la había mirado cuando se fue. Después me dijo que los dos tenían que ser una pareja y también que tenían que ser cada uno él mismo y los dos tenían que estar bien porque si no, no servía di nada y la remataba con los espacios. Siempre está hablando de los espacios, que cada uno tiene que tener su espacio y darle también al otro el espacio dil otro porque cuando no le da el lugar o el otro no ocupai el lugar, ahí se produce el problema. Pero qui problema si habían peleado porque el Eduardo quiere que doña Mirta cocine más o le planche la ropa, él se va a dar las clases en la facultá y va a las manifestaciones, pero a todas no y después dele leer el diario y tomar café y criticar al gobierno… que para eso que no hubiera venido dice y yo digo que bueno pero que ya vino y le digo a doña Mirta que se dejen de joder, que tengan un chico y que toda la matraca se va a acabar porque a quién le va a importar dentro de diez años que ellos se peleaban por una cosa así y el cuadro todo marrón va a quedar como recuerdo del regreso del General y se lo cuentan al chico y ya está, las cosas no se solucionan revolviendo el cafecito. Si se quieren, que tengan una familia como dios manda como el Nelson y yo, que él Leonardo Favio no te va venir a consolar. Después pasó lo que yo digo, doña Mirta ella tan moderna que lee y que fuma pero le dice que si lo pesca con otra le corta las bolas y ahí te quiero ver porque si estai con otra ni le ve más el pelo… pero terminó que se fueron al cine y hoy se levantaron a las mil quinientas. Se arregló todo puei.
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CINCO CHICOS Y UN GATO de Haydeé Basso
Tenían un gato. Los chicos tenían un gato. Casi recién nacido, tendría poco menos de un mes. Lo tocaban mucho. Eran cuatro varones y una nena. Ella era alta. Iban por los siete a los nueve o diez. Llevaban al gato en una mochila. La mochila de los chicos era de todos. Ora la llevaba el mayor, ora la niña. Al llegar a ese sector de la plaza, se llamaron unos a otros. Ahí, frente a mí, se reunieron y un poco después, se dispersaron. Sacaron al gato de la mochila, el mayor de los varones lo tocaba. El mayor de los varones era alto y enjuto. El mayor de los varones le tocaba al gato la cabeza, le tocaba el hocico con movimientos impetuosos, discordantes. Se lo subió al pecho. El gato berreaba un poco. Los demás se separaron y ahí quedaron frente a mí el mayor de los varones y la niña. La niña era esbelta y tenía una remera rosa. De la mochila común sacó un lápiz y un papel y comenzó a dibujar. La niña me miraba de vez en cuando de reojo. El mayor de los varones puso el gato en el piso. En el piso de la plaza justo enfrente de donde yo estaba. La luz de las dos de la tarde atravesaba San Telmo. A mí me había seducido una promoción de cerveza y un poco de sombra más que el inminente show de tango que se daría en la plaza. Detrás de los niños había un cerco y en el medio un árbol, a la izquierda el paisaje era simétrico. Una ronda de mesas pespunteaba a cada lado los dos árboles. Hacía calor. Los más pequeños habían regresado. El del medio sacó de la mochila común una bolsa que contenía algo oscuro. Cuando abrió la bolsa todos los demás se echaron para atrás, se taparon la nariz. La bolsa que sacó de la mochila quedó cerca del árbol. El niño pequeño trajo papas fritas. El niño pequeño era morrudo y blanco y no se parecía al mayor ni al del medio. El niño pequeño puso las papas fritas en un desprolijo damero al que se acercaba el gato. Pero cuando el gato llegaba a la papa frita que estaba más cerca, el niño pequeño la acomodaba más lejos de modo que el gato no la alcanzaba. El niño pequeño dejó en paz al gato. Sacó otro lápiz de la mochila. El mayor se llevó al gato al árbol que estaba ubicado simétricamente a mi izquierda.
– ¡Ahí no que hay virus! –intervino la chica.
Se miraron. Me miraron. Entonces le pregunté a la niña cómo se llamaba y si iba a la escuela. Se llamaba Viki y estaba en cuarto. Los dos chicos pequeños, el de la bolsa nauseabunda y el de las papas fritas, y la niña eran hermanos. El mayor era hermano del otro más delgado y menor que él. Los dos se parecían mucho. Tenían el pelo corto. Los dos se fueron con el gato donde estaba el virus. Los dos hermanos de pelo corto volvieron con el gato. Un niño pequeño que llevaba chupete se puso frente a los cinco y al gato. El niño con chupete se interesaba por sus compañeros etarios. Cuando abrí los ojos un padre se llevaba al niño de chupete, en brazos. El pequeño del grupo era hermano de Viki y se llamaba Dylan. Me acercó el papel donde había estado escribiendo su nombre. El niño pequeño había escrito su nombre en el papel e iba a primer grado. Tomé el lápiz:
– J de Juan, A de amor, R de risa, y A ¿de?
– Árbol.
El pequeño del grupo se llamaba Dylan Jara, e iba a primer grado “C”. El gato lloraba. El chico del chupete había regresado. Esta vez le tocó a la madre llevárselo. Estaban en una mesa bastante alejada, detrás del árbol.
De algún lado apareció otra niña. Era rubia, algo regordeta, tenía la cara inflamada y de los ojales de sus ojos brillaban dos estrellas. La niña de los ojos de estrella se acercaba a mi mesa. Los cinco chicos la miraron. Los cinco empezaron a moverse en derredor. En derredor la estudiaron, parecían abejas alrededor de una flor. La siguieron así a cierta distancia. No le hablaron. La niña de los ojos de estrella sacó con delicadeza unas hebillas para el cabello de punzante terminación que tenía prendidas a un cartoncito y lo puso sobre la mesa. La niña de los ojos de estrella hizo lo mismo en las mesas vecinas, mientras los cinco chicos, los tres varones y la niña la seguían con la mirada, la seguían con un cierto perfilarse de sus cuerpos y el gato se quedaba solo de ellos. La siguieron así a cierta distancia, pero no le hablaron. Mientras le compraba una hebilla puntiaguda la niña de los ojos de estrella señaló el queso que había en la mesa. Cuando se llevó el queso para comer yo no alcancé a verla más. Los chicos abandonaron su ronda. Se juntaban de golpe. Se iban.
– ¡Al parque!, ¡hay juegos! –les gritó Viki poniendo el gato en la mochila. Dylan, el pequeño, me dejó el papel con su nombre y el grado al que iba. Después de él se acercó Viki y me dio su dibujo. En el dibujo de Viki yo tenía la cabeza enorme, los ojos muy grandes y el cuerpo pequeñísimo. No estaba mal.
– Me gusta mucho –le dije mientras le entregaba unos billetes sencillos.
– ¿Y yo? –dijo Dylan.
– Pero no le va a dar a to… -empezó a decirle ella mientras se separaba un poco de nosotros porque yo ya le estaba dando una moneda. Miraba alrededor inquieta y volvió a llamar. El que había dejado la bolsa cerca del árbol la tomó rápidamente y la puso en la mochila. El que había llegado rápido y había puesto la bolsa en la mochila recibió un tirón de pelos de Viki. El mayor de los niños cargó la mochila sobre uno de sus hombros y salió a la carrera. Detrás corrían su hermano y Viki y los hermanos de Viki. Corrían, los cinco, corrían.
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