LOS VIERNES SABEN MENTIR

de Andrea Babini


Un paso, otro. Un paso, otro. Un paso, otro. El sol ilumina la avenida. Los autos pasan sin saber de mí. Un paso. Otro. Un paso. Otro. Dos mujeres comentan chismes. Un chico me atraviesa conectado a su celular. Un paso. Otro. Mensajes de texto. Se oye música. Un paso. Otro. Un paso. Otro. Temperatura agradable. Hasta podría verse un pájaro surcando el cielo. Pero no.
Un paso. Otro. Semáforo. Hombrecito rojo: frenar. Espero. Espero. Espero. Hombrecito verde: seguir. Alguien compra cigarrillos. Busco uno. Enciendo. Pito. Un paso. Otro. Un paso. Otro. Un paso. Local de ropa: pantalones en oferta. No me detengo. Un paso. Kiosco. Paro. Pido chocolates y una bolsa. No hay bolsa. Pago los chocolates que se me caen de las manos. Ojos tristes me piden para un pancho. Le doy y lo olvido. Más gente se agolpa cerca del Congreso. Casi tropiezo con una mujer –como yo– apurada –como yo–. Un paso. Otro. Un paso. Otro. Un paso. Otro. Titulares a la vista: Emergencia. Recesión. Hombre sentado en un umbral se rasca la pierna izquierda. Una mujer gorda de envidia difama a su sobrina. Plaza de juegos a mi espalda: me alejo y se achica, me alejo y se achica. Calle bañada en negro. Otros que pasan. ¿Adónde van? Pienso y camino. Camino y pienso: nadie sabe de mí. Un paso. Otro. Un paso. Colectivo frena. Algunos suben. Pedirán 1.10, 1.25, 1.75 incluso. Ya es violeta el cielo sobre mí. Pizzería que vende tartas. Amaino el paso. Estoy llegando. Alguien mastica fugazzeta, nadie se mira a los ojos. Lo encuentro al fin, sentado en la barra como si fuera transparente. Apunto hacia él. 

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