LA BÚSQUEDA DEL TESORO de Marta Torres

Era una semana del mes de noviembre, no me acuerdo de qué año… Década del ochenta, no sé si ochenta y tres u ochenta y cuatro. Ya habían ido los alumnos varones y esa semana les correspondía a las mujeres. Iban cuarenta, diez por cada división, y se elegía a los mejores promedios. A cargo de ellas, se designaron tres profesoras y dos preceptoras. No sé cuál fue la razón ni el porqué: me preguntaron si yo quería completar el “cuarteto” con las profesoras. Esa oportunidad no la podía perder. Se lo comuniqué a mi familia y allá en un micro y en casi veinticuatro horas llegamos a ese lugar paradisíaco del sur argentino. Montañas, verdes bosques, el lago azul Nahuel Huapi, unas cabañas muy cómodas y pintorescas rodeadas de un parque fantástico y unos juegos de plaza pintados de brillantes colores.
El recuerdo que tengo de esos días es de los mejores pues no hubo nunca un problema; al contrario, formamos entre todas un grupo de cuarenta y seis personas que nos divertíamos, hacíamos excursiones y caminatas, y por la noche fogatas a la orilla del lago ya que algunas habían llevado guitarras. Se cantaba hasta que alguna de las profesoras, mirando la hora, decía: –Bueno chicas, a dormir pues mañana después del desayuno nos viene a buscar el micro para ir… – y ahí todas enfilábamos hacia nuestros dormitorios.
Además de estas actividades, si el día era desapacible jugábamos (ahí sí se formaban  distintos grupos) algunos a las cartas, otros al Teg (que en ese momento estaba de moda) y los restantes con los juegos que había en el parque (toboganes, subibajas y hamacas).
Esa tarde a alguien se le ocurrió jugar a la búsqueda del tesoro. La idea nos encantó. Se formaron parejas y a mí en el sorteo me tocó estar con una de las profesoras. Lo más divertido del caso era que con Leonor (así se llama o llamaba), de aspecto muy serio en apariencia pero muy divertida y peor que yo en lo distraída, hacíamos un dúo “casi perfecto”; el monumento al despiste. Empezamos la búsqueda por el parque. Debajo de una mata de flores encontramos un papelito que decía que siguiendo el camino al lago íbamos a tener una nueva indicación. Casi corriendo nos fuimos directo a ese sendero que no era un camino recto sino una bajada estrecha y un poco escarpada. Ahí, prendido a un árbol, estaba el segundo papelito que decía más o menos así: “Balanceando, balanceando encontrarás lo que buscás”.  Las dos chochas pensamos lo mismo: como dos tontas nos empezamos a mover para adelante y para atrás. En eso estábamos cuando vinieron dos chicas y nos preguntaron qué hacíamos. Les mostramos el papel y para qué… Se murieron de risa y nos dijeron:
– Por favor, no hagan más gimnasia porque así no lo van a encontrar, pero sí puede estar en las hamacas.
Nos echamos a reír mientras ellas con ese dato corrieron y por supuesto encontraron el tesoro.
Las dos que ganaron ni cortas ni perezosas, les contaron a las demás el encuentro con nosotras que, cuando llegamos, todavía muertas de risa, fuimos objeto de bromas y cargadas que duraron casi hasta que volvimos a Buenos Aires. 

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