UN VIOLINISTA EN EL SUBTE B, de Ricardo Aruj

El murmullo decrece, los diarios se pliegan, la atención en los celulares disminuye. Llega un momento en que la tecnología se rinde y el vagón se llena de luces: un joven toca el violín en el subte B. La melodía envuelve a los pasajeros que, bombardeados por la televisión, perciben que lo diferente los convoca a escuchar, sentir y pensar. El andar vertiginoso de los vagones se sucede y los acordes de la música se expanden por puertas y ventanas.
Él rompe paradigmas, interpreta la música clásica en un ámbito difícil de lograr. Al pasar por el puesto de diarios y revistas le escucho decir: “Estoy muy contento, Robertito, voy a musicalizarte más del negro Rada, va a impactar”, y sigue caminando con su equipo por el andén.
Pero algo, como ojos de pantera, acechaba en la oscuridad: al cruzar, él, que era todo vida, cayó sobre las vías para siempre. No había previsto el tercer riel.

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