CAMILA de Luz Pellenc


Camila está leyendo un libro. Un libro. Un libro. Mientras lo lee piensa que el escritor se inspiró en su vida para escribir ese libro.
Lo termina de leer. Lo cierra. Lo guarda y se va afuera. Se sienta y observa a la gente. Algunos expresan felicidad y otros tristeza. Ella se pregunta a qué grupo pertenece. No tiene amigos. Solo libros. Regresa a su casa y va hasta su biblioteca. Agarra un libro. Y lee. Lee. Lee.

EL ANTIFAZ, de Bernardo Armus *


Le pedí que se sacara el antifaz; no quiso. Seguimos bailando abrazados, cada vez más juntos, cuerpo a cuerpo, apretados. No hablamos. Ella podía mirarme, ver en mis ojos el deseo. Yo no la podía ver como quería.
Pensé arrancarle el antifaz, pero no, hubiera sido una agresión. Opté por esperar.  Adiós, decía mi fantasma. Sin esperanza continué aferrado a su cuerpo. Seguimos bailando fuertemente abrazados, susurrándonos al oído, diciéndonos cosas, y mi impaciencia le pidió que saliéramos del salón en busca de privacidad. Sin respuesta, volví a implorarle se sacara el antifaz. Nada.
Mi imaginación vio unos enormes y hermosos ojos azules que impulsaron mi fantasía  para soñar por un momento un rostro bellísimo dando color a sus rasgos.
Le pedí amor, que nos miráramos sin escondernos. Pensé cuán amarga es la primera noche en que te enamoras y no tienes respuesta. Persistí en mis ruegos, y en silencio nos retiramos del salón. Juntos caminamos en busca del amor y después, sin haberse quitado el antifaz, sin haber podido ver sus ojos, huyó sin palabras.
La seguí ciego bajo la lluvia, como un espectro fascinante sin esperanza de volver a vivir ese primer encuentro, aun cuando fue nada más que una primera y única noche.  Quería poseerla y comprobé cuánto esfuerzo demanda mi deseo… y entonces volví a preguntarme ¿por qué toda primera noche es amarga?

* Trabajo realizado a partir de tres versos del poema “São Paulo revisited” de Mario Trejo


RELATIVO, de Guillermina Piñeyro


La luna era un óvalo verdoso. ¿Un óvalo verdoso la luna? Yo la veía así, detrás del arco perfecto de ese ser doblado en un semicírculo, suspendido en el vacío como si lo sostuvieran hilos invisibles.
Las piernas juntas pegadas una con la otra, los brazos extendidos y separados en un ángulo agudo y la cabeza erguida entre ambos.
Un minuto, solo un minuto permanecería así en el aire sobre el fondo verde azulado de un cielo increíble.
Me pareció surrealista la escena, con ese mar embravecido allá abajo y las olas gigantescas estrellándose contra las rocas impávidas, que por siglos las habían desafiado.
¿Fue solo un minuto? ¿Pude pensar tantas cosas en un minuto?  
¿Y en ese mismo tiempo sentir también el terror de que su clavado no tuviera éxito?
¡Como pude estar allí expuesta a tantos sentimientos que solamente duraban un minuto!
¿Llevó también un minuto, allí sobre el acantilado en esa noche de luna ovalada y verdosa, acordar los términos del desafío?
– Linda luna para un clavado, miren el agua burbujeante allá abajo –dijo Hernán.
– ¿Estás loco? ¿Te animarías acaso? –preguntó Álvaro.
– Lo hice tantas veces.
– ¡Pero nunca de noche­! –acotaron.
Y fue el bastardo de Hugo que nunca puede con su instinto perverso y que por más de un motivo quiere a Hernán fuera de su camino, sobre todo en lo que respecta a mí, quien le hizo el ofrecimiento.
– Mi porsche nuevo, si te animás.
– Hecho.
 Y se dieron la mano en el silencio cómplice y tal vez homicida del grupo. Hasta yo, incrédula, callé. Parecía disociada de la realidad.
…Y allá fue el inocente, el osado, el confiado en sí mismo, en ese salto increíblemente hermoso de tan solo un minuto, un minuto que podía depararle la vida o la muerte.
Me llevó otro tanto, pero esta vez eterno, el saberlo…