… revolvía el cafecito ese que se hizo como si fuera la última que vez que tomaba un café… No tenés que hacerte malasangre le decía yo, pero ella que no, que estaba emperrada que se le iba y yo digo que bueno que pruebe a ver hasta dónde va. Todos esos aspavientos que viene el General que los socialistas y se la pasan hablando de un tal Masotta y de la sicología, que no sé para qué tanta sicología si al final es como yo digo y después dele que revolvía el café despacito, que ni la miraba y que miraba el café y yo yai sabia todo porque lo había estado pispeando y cómo che vos le digo querés que te mire con isa cara e culo, ella ni se molesta porque está como atontada, que se le fue y que ya está. Después a la tarde se la pasó en el estudio pintando porque decía que tenía que hacer la catarsis, todo marrón… Cuando terminó me llamó y se tomó unos mates y me preguntó qué era lo que yo veía, primero le dije qué lindo pero después no me contuve y le dije que no entendía ni mierda, y que le pusiera un poco de color. Me dijo que era Ezeiza, quil tablón marrón y todo lo marrón era por la tristeza de no ver al General y yo le dije que no me mintás que vos estás así por el Eduardo y otra vez con la historia que ni la había mirado cuando se fue. Después me dijo que los dos tenían que ser una pareja y también que tenían que ser cada uno él mismo y los dos tenían que estar bien porque si no, no servía di nada y la remataba con los espacios. Siempre está hablando de los espacios, que cada uno tiene que tener su espacio y darle también al otro el espacio dil otro porque cuando no le da el lugar o el otro no ocupai el lugar, ahí se produce el problema. Pero qui problema si habían peleado porque el Eduardo quiere que doña Mirta cocine más o le planche la ropa, él se va a dar las clases en la facultá y va a las manifestaciones, pero a todas no y después dele leer el diario y tomar café y criticar al gobierno… que para eso que no hubiera venido dice y yo digo que bueno pero que ya vino y le digo a doña Mirta que se dejen de joder, que tengan un chico y que toda la matraca se va a acabar porque a quién le va a importar dentro de diez años que ellos se peleaban por una cosa así y el cuadro todo marrón va a quedar como recuerdo del regreso del General y se lo cuentan al chico y ya está, las cosas no se solucionan revolviendo el cafecito. Si se quieren, que tengan una familia como dios manda como el Nelson y yo, que él Leonardo Favio no te va venir a consolar. Después pasó lo que yo digo, doña Mirta ella tan moderna que lee y que fuma pero le dice que si lo pesca con otra le corta las bolas y ahí te quiero ver porque si estai con otra ni le ve más el pelo… pero terminó que se fueron al cine y hoy se levantaron a las mil quinientas. Se arregló todo puei.
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CARMEN Y RAÚL de Ana María Príncipe
Simón ahuecaba sus manos, se las llevaba hacia la boca y gritaba:
– Doña Carmen, soy Simón el que la llama.
Y la vieja puerta de madera, crujiendo sus años, se abría y daba paso a una figura especial.
Cargando sus años sobre su espalda abrigada con un chal, apoyada en un báculo, con ropas hasta los tobillos y cabellos canos enredados en rulos que caían sobre su cara como tapando las arrugas del tiempo, esbozaba una sonrisa, hurgando con sus ojos la silueta de Simón.
– ¿Qué decís Simón, cómo estás?
– Bien, Doña, voy al mercado, ¿precisa que le traiga algo?
– Y sí, precisaría papas, verdurita y un hueso de caracú con carne, para hacer una sopa
– Bueno, ¿nada más?
– No, nada más, acercate que te doy la plata.
Simón se acercaba y recibía un rollito de billetes de diez pesos.
– Bueno Doña, después le rindo cuentas.
– Está bien, comprate unos caramelos para vos.
Y raudo partía Simón, mientras Carmen cerraba la puerta, giraba hacia la habitación de su casa y le comentaba a Raúl, su esposo:
– Esta noche vamos a tomar una rica sopa, ¿querés que la haga con arroz o fideos?
– Con lo que vos quieras, todo me gusta. Pero cerrá bien la puerta, hace frío.
– Doña Carmen, soy Simón el que la llama.
Y la vieja puerta de madera, crujiendo sus años, se abría y daba paso a una figura especial.
Cargando sus años sobre su espalda abrigada con un chal, apoyada en un báculo, con ropas hasta los tobillos y cabellos canos enredados en rulos que caían sobre su cara como tapando las arrugas del tiempo, esbozaba una sonrisa, hurgando con sus ojos la silueta de Simón.
– ¿Qué decís Simón, cómo estás?
– Bien, Doña, voy al mercado, ¿precisa que le traiga algo?
– Y sí, precisaría papas, verdurita y un hueso de caracú con carne, para hacer una sopa
– Bueno, ¿nada más?
– No, nada más, acercate que te doy la plata.
Simón se acercaba y recibía un rollito de billetes de diez pesos.
– Bueno Doña, después le rindo cuentas.
– Está bien, comprate unos caramelos para vos.
Y raudo partía Simón, mientras Carmen cerraba la puerta, giraba hacia la habitación de su casa y le comentaba a Raúl, su esposo:
– Esta noche vamos a tomar una rica sopa, ¿querés que la haga con arroz o fideos?
– Con lo que vos quieras, todo me gusta. Pero cerrá bien la puerta, hace frío.
Raúl giró la perilla de la vieja radio, elevó el volumen y con sus dedos tamborileando sobre la mesa, acompasó el dos por cuatro que en ese momento escuchaba.
Y así vivían estos dos seres su ancianidad, acompañándose con amor. Esta pareja que Dios había unido y que nada ni nadie la había separado.
Sus dos hijos habían buscado horizontes en otros países. Ocupados en sus negocios, rara vez se hacían presentes. Eso sí, les enviaban dinero, el que nunca les faltó.
Ellos, reales con la vida que les tocaba vivir, alardeaban siempre del amor que los unía.
Carmen fue a doblar la ropa que había retirado de la soga y Raúl, entusiasta de los tangos, acompañaba con su cascada voz la letra que recordaba, haciendo dueto con Floreal Ruiz, Raúl Lavié o quien cantase en ese momento.
Y así transcurría el tiempo para ellos, buscando siempre el suave matiz que les pintara la vida.
A veces Raúl, en vez de cantar, tomaba a Carmen por la cintura y la guiaba con los pasos de un tangazo. Ella reía, burlándose de su propia inexperiencia en el baile y también feliz de sentirse abrazada sensualmente.
La casa que habitaban estaba ubicada en Tartagal, Salta, ya que les encantaba vivir en contacto con la naturaleza.
Las lluvias en ese lugar se hacen muy intensas en cierta época del año. Y ese señalado año fue el peor.
Llovió con tanta intensidad, que produjo el ablandamiento de la corteza de las montañas y en consecuencia la inevitable avalancha.
Todo quedó cubierto, la casa con sus ocupantes, la radio, la sopa humeante.
En vano algunos vecinos que se salvaron trataron de ayudar; era imposible, el lodo resbaladizo y pegajoso siempre llenaba los huecos que se hacían al cavar.
Dado el tiempo transcurrido, Raúl y Carmen engrosaron la lista de los desaparecidos; aunque algunos vecinos dicen que en noches de luna, desde ese lugar, surge una melodía con sabor a tango.
Y así vivían estos dos seres su ancianidad, acompañándose con amor. Esta pareja que Dios había unido y que nada ni nadie la había separado.
Sus dos hijos habían buscado horizontes en otros países. Ocupados en sus negocios, rara vez se hacían presentes. Eso sí, les enviaban dinero, el que nunca les faltó.
Ellos, reales con la vida que les tocaba vivir, alardeaban siempre del amor que los unía.
Carmen fue a doblar la ropa que había retirado de la soga y Raúl, entusiasta de los tangos, acompañaba con su cascada voz la letra que recordaba, haciendo dueto con Floreal Ruiz, Raúl Lavié o quien cantase en ese momento.
Y así transcurría el tiempo para ellos, buscando siempre el suave matiz que les pintara la vida.
A veces Raúl, en vez de cantar, tomaba a Carmen por la cintura y la guiaba con los pasos de un tangazo. Ella reía, burlándose de su propia inexperiencia en el baile y también feliz de sentirse abrazada sensualmente.
La casa que habitaban estaba ubicada en Tartagal, Salta, ya que les encantaba vivir en contacto con la naturaleza.
Las lluvias en ese lugar se hacen muy intensas en cierta época del año. Y ese señalado año fue el peor.
Llovió con tanta intensidad, que produjo el ablandamiento de la corteza de las montañas y en consecuencia la inevitable avalancha.
Todo quedó cubierto, la casa con sus ocupantes, la radio, la sopa humeante.
En vano algunos vecinos que se salvaron trataron de ayudar; era imposible, el lodo resbaladizo y pegajoso siempre llenaba los huecos que se hacían al cavar.
Dado el tiempo transcurrido, Raúl y Carmen engrosaron la lista de los desaparecidos; aunque algunos vecinos dicen que en noches de luna, desde ese lugar, surge una melodía con sabor a tango.
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La nena NO de Arturo Belda
– ¿Qué son esos papeles con que anda la nena? ¿Qué es, un Evatest?
– ¡No querido! ¿Cómo se te ocurre? La nena no anda en esas cosas. Mirá vos, nada menos que un Evatest. ¡Pensá en lo que decís! Son unos papeles del colegio, algo que tiene que ver con el nuevo libro que escribió su profesor.
– Ah. ¿Y tanto le interesa ese profesor? ¿Qué tiene de particular ese libro?
– Pasa que ese profesor es un señor muy culto, muy erudito, acaba de editar un nuevo libro. Vos sabés cómo son las chicas hoy en día, están muy entusiasmadas con su profesor.
– Ya veo, ya veo. Mirá, un libro hoy en día lo publica cualquiera. Cualquier boludo que se ponga con la guita para la imprenta y ya está.
– Ah no, vos no sabés, ese profesor es divino, es algo formidable, es fuera de serie. Te digo que es filósofo y…
– ¡Pará, pará! ¿Filósofo ese tipo? ¿Filósofo de dónde? Si es un salame más bruto que un arado. ¿Escritor?, bueno, escritor es cualquiera. Hay miles de millones de boludos y boludas que son escritores. Si no, mirá, mirá cuántos talleres literarios hay y cuántos imbéciles se inflan pensando que son Borges.
– No seas injusto mi amor, si vos apenas lo conocés. Ese señor es además un destacado columnista de distintos me…
– ¡No sigás, por favor no sigás!, que se me hincha la vena. No me vas a decir que ese mamerto, ese flor de pelotudo es columnista. ¿Columnista de qué? A menos que sea albañil y haga columnas de cemento. Yo no sé, no sé qué tenés vos con él.
– ¡Qué voy a tener, por favor! No sé qué te pasa con ese profesor.
– Mirá, lo que pasa es que yo al filósofo ese, cuando él va, ¿qué querés que te diga?, yo ya vengo de vuelta. Algo tiene con la nena.
– Muy bien, vos insistís con lo mismo, pero yo te digo que no pasa nada. La nena es muy chica todavía y no anda para nada en esas cosas.
– Vos decís así, pero yo ojalá pudiera pensar lo mismo.
– Entendé querido que la nena está haciendo un trabajo muy importante en la escuela, y justamente se trata del nuevo libro de ese profesor. ¿Está claro?
– ¡No, no está nada claro! Vos sos una boluda y la nena es más boluda que vos.
– Ay, no te entiendo. ¿Qué te pasa?
– Te dije que ese tipo no me gusta y vos la seguís como si fuera un gran señor.
– Es que es un señor, todo un gran señor y yo no sé qué te pasa con él, si ni siquiera lo conocés.
– Yo te digo que es un hijo de remil puta y que se quiere garchar a la nena, si no es que se la garchó ya, que eso es lo que me da más miedo.
– ¡Ay, no seas bruto! ¡Las cosas que decís! Menos mal que la nena no está en casa.
– ¿Cómo que no está la nena? ¿En dónde está a estas horas de la noche?
– Se quedó en la casa de una compañera para estudiar, se va a quedar a dormir para que no tenga que viajar tan tarde.
– ¡Ay, la remil puta que los parió! Llamá en seguida por teléfono a esa casa que quiero hablar con ella.
– Es muy tarde.
– ¡No me importa!
– No tienen teléfono.
– ¿Dónde queda?, me voy volando para allá.
– Uyy, no me dejó la dirección.
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