SOBRE LA PALABRA

(Fragmento de "La piedra en el estanque", en Gramática de la fantasía. Introducción al arte de inventar historias, de Gianni Rodari)

Una piedra arrojada a un estanque provoca ondas concéntricas que se expanden sobre su superficie, afectando su movimiento, a distancias variadas, con diversos efectos, a la ninfa y a la caña, al barquito de papel y a la canoa del pescador. Objetos que estaban cada uno por su lado, en su paz o en su sueño, son como llamados a la vida, obligados a reaccionar, a entrar en relación entre sí. Otros movimientos invisibles se propagan hacia el fondo, en todas direcciones, mientras la piedra se precipita removiendo algas, asustando peces, causando nuevas agitaciones moleculares. Cuando toca el fondo, agita el lodo, golpea los objetos que yacían olvidados, algunos de los cuales son desenterrados, otros a su vez son tapados por la arena. Innumerables acontecimientos, o miniacontecimientos, se suceden en un tiempo brevísimo.

Quizás ni aún teniendo el tiempo y las ganas necesarios sería posible registrarlos, sin omisión, en su totalidad.
Igualmente una palabra, lanzada al azar en la mente, produce ondas superficiales y profundas, provoca una serie infinita de reacciones en cadena, implicando en su caída sonidos e imágenes, analogías y recuerdos, significados y sueños, en un movimiento que afecta a la experiencia y a la memoria, a la fantasía y al inconsciente, complicándolo el hecho de que la misma mente no asiste pasiva a la representación, sino que interviene continuamente, para aceptar y rechazar, ligar y censurar, construir y destruir.
La palabra “roca” por ejemplo. Al caer en la mente arrastra consigo, o choca, o evade, en suma, de una forma u otra se pone en contacto:

- con todas las palabras que empiezan con r pero no continúan con o, como “rueda”, “rama”, “risa”;
- con todas las palabras que empiezan con ro, como “rosa”, “romero”, “rota”, “rojo”, “rodilla”, “ropero”, “rozar”, “ronda”;
- con todas las palabras que riman con oca, como “poca”, “toca”, “carioca”, “oca”, “loca”, “boca”;
- con todas las que están junto a ella, en el léxico, por afinidad de significado: “piedra”, “mármol”, “ladrillo”, “granito”, “peña”, “adoquín”, “lápida”.

Estas son las asociaciones más cómodas. Una palabra choca con otra por inercia.
Es difícil, sin embargo, que esto sea suficiente para hacer saltar la chispa (aunque no se puede decir que no).
La palabra, entretanto, se precipita en otras direcciones, se hunde en el pasado, hace aflorar a la superficie recuerdos sumergidos. “Roca”, desde este punto de vista, para mí es Santa Catalina de la Roca, un santuario colgado sobre el lago Mayor. Iba en bicicleta. Íbamos juntos Amadeo y yo. Nos sentábamos bajo un fresco portal a beber vino blanco y a hablar de Kant. Solíamos encontrarnos también en el tren, porque los dos éramos estudiantes golondrinas. Amadeo llevaba un largo abrigo azul. Algunos días, debajo del abrigo se le notaba la silueta  del estuche del violín. El asa del estuche del mío estaba rota, tenía que llevarlo bajo el brazo. (…) 

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