SIN TÍTULO

de Andrea Babini

A las 10 de la mañana

Termina de enjuagarse las manos y sale. Piensa que finalmente no fue tan difícil, y una sonrisa tímida se dibuja en sus labios.
Detiene un taxi en la esquina de Montes de Oca e Iriarte –la mano alzada con cierta cuota de dignidad, una mirada hacia sus lados, el ceño fruncido como quien tiene muchos asuntos en qué pensar– y sube. Leve olor a jabón líquido, del barato, en el aire.
–Independencia y Lima, por favor.
Mete la mano en el bolsillo interno del lado derecho del saco. El billete transpira por el contacto con los dedos.
El rostro de Saldívar, a través de la ventana, se pierde en la contemplación. Las viejas casas de Barracas se ven rejuvenecidas con el sol de frente; mujeres y hombres caminan apurados; los negocios abren sus puertas; empieza a hacer calor.
La calma volverá lentamente. Ahora sabe que subirá los tres pisos de la pensión, tomará su bolso ya armado, pagará a la dueña los alquileres atrasados, le dirá que vuelve al rato y no volverá nunca más.

A las 9 de la mañana
Pisadas casi imperceptibles en el pasillo. Forcejeos en la cerradura. Entrada sigilosa, muda. Gervasio ronca en el cuartucho improvisado dentro del único ambiente de la casa. Ronca y de su boca sale un fuerte olor a alcohol. Lo despierta el aliento de Saldívar. Gervasio abre los ojos con la boca ya tapada. Se dirigen al baño, entre empujones.
_ ¿Qué pasa? ¡Qué hacés!
_ No hables.

_ ¿Pero qué querés?
– Ya vas a ver –y vuelve a taparle la boca, esta vez con un pañuelo de tela.
Las manos atadas por la espalda. La puerta del baño cerrada. La respiración agitada de Gervasio, sobre el vidrio del botiquín, empañándolo.

Antes
Conocí a Gervasio en la escuela primaria; íbamos al mismo grado. Era alto, pecoso, rubio. Parecía tranquilo, pero se mostraba realmente ante hechos de lo más irrelevantes.
Una mañana, me acuerdo, uno del grado le escondió su cartuchera. Justo eso, que a los siete, ocho años es la posesión más preciada. La de Gervasio tenía tres pisos repletos de útiles. Entonces esas cartucheras, de tres pisos y con la imagen de Astroboy en la tapa, eran las más caras. Mamá nunca pudo comprarme una; no le sobraba la plata pero yo pensaba que no la merecía. La escondieron, decía, y Gervasio se enfureció: las manos le transpiraban, las rodillas chocaban en el temblor. Cuando dijo los voy a matar –con una mirada que yo nunca había visto–, entró la maestra. Inmediatamente la cartuchera apareció y Gervasio se replegó en su banco.
Años después dijo algo que quizás explicaba esas reacciones: “Jorgito, un hombre de verdad debe tener orgullo, y demostrarlo, ¿me entendés?” Me reventaba que me dijera Jorgito y también que preguntara me entendés al final de cada frase, como si su discurso fuese elevado, filosófico, como si yo fuera tarado además.
Cuando terminé el secundario me metí a estudiar Arquitectura. Sentí que iniciarme en la universidad haría que la gente me respetase, creía que así podía ser un hombre de verdad. La carrera la elegí sólo porque pensaba que me iba a dar plata. Iba por el tramo final cuando encontré a Gervasio en la calle.
– Qué hacés, Gervasito –le dije con los cuadernos sobre el pecho.
Me miró riendo: – ¿Qué, estudiás?
Él se dedicaba a los negocios. En ese momento tenía la idea de poner un casino sobre Camino de Cintura. No sé cómo me convenció de participar en un proyecto que me parecía, desde el principio, descabellado. Pero logró llamar mi atención así que empezamos a proyectar la obra los martes a la noche.
Las reuniones las hacíamos en casa. Como era usual, hasta que me recibiera pensaba seguir viviendo con mamá y mi hermana, y luego alquilaría un ambiente cerca del centro. La cuestión es que el tema del casino me atrapó y se me pasaban las entregas de la facultad. La vieja pensaba que a la noche yo las preparaba, pero lo cierto es que Gervasio no me dejaba tiempo para nada. Así perdí la cursada de una de las materias más importantes, lo que me desanimó sobremanera.
Cuando estaba a punto de darme por vencido y dejar la facultad para siempre, la vieja se enfermó. Yo pensé que se iba; nunca la había visto tan mal. Una tarde, mientras ella dormía, prometí que haría cualquier cosa porque se salvara. Lo dije en voz alta y me escuchó.
– ¿Cualquier cosa? –preguntó con un hilito de voz.
– Sí –tuve que responder.
– Quiero que seas arquitecto: arquitecto Jorge Saldívar... Prometeme, es lo único que te pido.
¿Quién podría negarse? Esa misma noche me puse a estudiar. Pensé qué feliz sería la vieja si yo lograba recibirme antes de que se muriera. Así fue que le metí pata, y con tanta voluntad que la parca decidió esperarme.
Pero las reuniones por el casino continuaron. Yo recibía a Gervasio a las diez de la noche y le pedía que a las doce se fuera, para poder avanzar con las entregas. Pero claro, a él nunca le gustó ser el segundo y pronto se cansó del proyecto y de mí. Nos separamos una noche. “Chau, suerte, cuando te recibas capaz que hacemos algún negocio, si todavía te querés acordar de mí”, me dijo. Me quedé en la puerta de casa, viendo cómo su cuerpo se hacía más chiquito a medida que avanzaba hacia la avenida.
Una noche –muy tarde– me levanto de la mesa a prepararme café. Estaba diagramando el boceto de una casa tipo chalet, de dos plantas. Pensando en la orientación de las ventanas atravieso el pasillo y ahí escucho el ruido de los resortes de la cama de mi hermana. Cuando reconocí a Gervasio (su espalda llena de pecas no dio lugar a dudas) me enfurecí y lo saqué a patadas.
– Me vas a volver a ver –advirtió.
– Ojalá –le dije.
A mi hermana, escondida bajo las sábanas, solamente la escuché putear. “Si el viejo estuviera vivo no te atrevés”, le reproché. 
Poco tiempo después me recibí. Tanto encierro me había cambiado un poco: tenía la cara llena de granos, una ansiedad nueva en mí y una joroba incipiente. Por supuesto, mamá no había muerto. La fotografía con el diploma la muestra radiante.
En casa se hizo una cena en mi honor. Al ver entrar a Gervasio de la mano de mi hermana, como mínimo debo decir que me sorprendí.
– No te quisimos distraer de los estudios –dijo mamá emocionada– por eso no te dijimos nada. Merceditas y tu amigo se van a casar, ¿qué te parece?
Me di cuenta de que la había embarazado y no sé por qué milagro había decidido hacerse cargo. El hijo de puta me miraba con una sonrisa irreverente de oreja a oreja. Lo miré al lado de mi hermana –chueca, narigona y demasiado flaca– y traté de entender por qué quería ligarse a ella.
Mamá estaba feliz. Al mes, a mi lado, tiraba arroz en la puerta del registro civil, y reía a carcajadas. Siete meses más tarde, un bebé “prematuro” nacía. Era gordito y rozagante. Por supuesto, tenía pecas. Lo llamaron Gustavo.
El reciente casamiento de mi hermana y una recaída de mamá me obligaron a quedarme con ella, pese a que ya había marcado en el diario algunos monoambientes en alquiler. De un día para el otro, tuve que ocupar el rol que le tocaba a Mercedes y escuchar “maricón” cuando iba con el changuito de las compras por el barrio. Por otra parte, mi título de arquitecto jamás me dio plata. Como una maldición de Gervasio (“vos estudiá Jorgito, mientras yo hago guita”), cada trabajo que tomaba terminaba en fracaso. Solamente me sentí un arquitecto en casa, con mamá:
– Ahora está en un tiempo sabático para cuidarme a mí, tan bueno es... –le decía a las vecinas que llegaban de visita y a quienes yo debía servirles el té y galletitas. En esa época subsistíamos con la pensión de papá.
La salud de mamá fue empeorando hasta que murió después de una agonía de dos noches y tres días. Me alivió saber que ya no sufriría.
Inmediatamente llamé a Gervasio; no pensé en nadie más.
– Ayudame –le rogué.
Prometió venir lo más rápido posible. Pero pasó esa tarde y la otra y la siguiente, pasó el velatorio y el entierro, y jamás llegó.
– ¡Vos le dijiste algo que lo ofendió! –me gritaba mi hermana, que no sabía si llorar por mamá o por el abandono de su marido– ¿No te das cuenta de que Gervasio es muy sensible?
A mí me pareció que en época a Gustavito le desaparecían algunas pecas de la cara.

Cuando lo reencontré yo vivía en una magra pensión y me arreglaba con changas. Mercedes se había mudado con un nuevo novio a la casa de mamá. Gustavito crecía.
– ¡Qué hacés...! –me dijo, e intentó abrazarme. Me negué por supuesto.– No me guardes rencor, pasó el tiempo y, mirame, soy un trapo de piso.
Era verdad, se lo veía deteriorado.
No sé cómo me arrastró a un piringundín y en la tercera cerveza me espetó:
– Si me muero mañana, me voy tranquilo porque en este mundo de mierda yo fui feliz. ¿Sabés cuándo fue? Esas noches... en tu casa... con el proyecto del casino.
Me contó que extrañaba a Gustavito pero sabía que crecería mejor sin él, que nunca había querido a mi hermana y ni siquiera le gustaba, que solamente buscó llamar mi atención, reconcentrada en los planos y las maquetas. Que con la muerte de mamá ya no supo qué papel jugar. Que vivía malamente en Barracas y hacía lo posible por llegar a viejo con orgullo (otra vez esa palabra). “Visitame”, me pidió, “estoy solo, no quiero a nadie, pero a vos siempre te voy a abrir la puerta”. Le prometí que lo haría. Parecía otro, tan frágil... Me dijo que lo único que tenía era una guita de una estafa a dos gringos que había conocido en San Telmo; les había prometido una visita a los suburbios del sur...
Esa noche pagó él. En algo había cambiado.
– Perdoname todo –me pidió en la puerta del bar, cuando ya amanecía, y me abrazó fuertemente, como nadie... Otra vez me quedé viendo cómo su cuerpo se empequeñecía, camino a la esquina.
Llegué a la pensión y no pude dormir. Tres horas más tarde decidí cumplir mi promesa y lo visité.  

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