CINCO CHICOS Y UN GATO de Haydeé Basso

Tenían un gato. Los chicos tenían un gato. Casi recién nacido, tendría poco menos de un mes. Lo tocaban  mucho. Eran cuatro varones y una nena. Ella era alta. Iban por los siete a los nueve o diez. Llevaban al gato en una mochila. La mochila de los chicos era de todos. Ora la llevaba el mayor, ora la niña. Al llegar a ese sector de la plaza, se llamaron unos a otros. Ahí, frente a mí, se reunieron y un poco después, se dispersaron. Sacaron al gato de la mochila, el mayor de los varones lo tocaba. El mayor de los varones era alto y enjuto. El mayor de los varones le tocaba al gato la cabeza, le tocaba el hocico con movimientos impetuosos, discordantes. Se lo subió al pecho. El gato berreaba un poco. Los demás se separaron y ahí quedaron frente a mí el mayor de los varones y la niña. La niña era esbelta y tenía una remera rosa. De la mochila común sacó un lápiz y un papel y comenzó a dibujar. La niña me miraba de vez en cuando de reojo. El mayor de los varones puso el gato en el piso. En el piso de la plaza justo enfrente de donde yo estaba. La luz de las dos de la tarde atravesaba San Telmo. A mí me había seducido una promoción  de cerveza y un poco de sombra más que el inminente show de tango que se daría en la plaza. Detrás de los niños había un cerco y en el medio un árbol, a la izquierda el paisaje era simétrico. Una ronda de mesas pespunteaba a cada lado los dos árboles. Hacía calor. Los más pequeños habían regresado. El del medio sacó de la mochila común una bolsa que contenía algo oscuro. Cuando abrió la bolsa todos los demás se echaron para atrás, se taparon la nariz. La bolsa que sacó de la mochila quedó cerca del árbol. El niño pequeño trajo papas fritas. El niño pequeño era morrudo y blanco y no se parecía al mayor ni al del medio. El niño pequeño puso las papas fritas en un desprolijo damero al que se acercaba el gato. Pero cuando el gato llegaba a la papa frita que estaba más cerca, el niño pequeño la acomodaba más lejos de modo que el gato no la alcanzaba. El niño pequeño dejó en paz al gato. Sacó otro lápiz de la mochila. El mayor se llevó al gato al árbol que estaba ubicado simétricamente a mi izquierda.
– ¡Ahí no que hay virus! –intervino la chica.
Se miraron. Me miraron. Entonces le pregunté a la niña cómo se llamaba y si iba a la escuela. Se llamaba Viki y estaba en cuarto. Los dos chicos pequeños, el de la bolsa nauseabunda y el de las papas fritas, y la niña eran hermanos. El mayor era hermano del otro más delgado y menor que él. Los dos se parecían mucho. Tenían el pelo corto. Los dos se fueron con el gato donde estaba el virus. Los dos hermanos de pelo corto volvieron con el gato. Un niño pequeño que llevaba chupete se puso frente a los cinco y al gato. El niño con chupete se interesaba por sus compañeros etarios. Cuando abrí los ojos un padre se llevaba al niño de chupete, en brazos. El pequeño del grupo era hermano de Viki y se llamaba Dylan. Me acercó el papel donde había estado escribiendo su nombre. El niño pequeño había escrito su nombre en el papel e iba a primer grado. Tomé el lápiz:
– J de Juan, A de amor, R de risa, y A ¿de?
– Árbol.
El pequeño del grupo se llamaba Dylan Jara, e iba a primer grado “C”.  El gato lloraba. El chico del chupete había regresado. Esta vez le tocó a la madre llevárselo. Estaban en una mesa bastante alejada, detrás del árbol.
De algún lado apareció otra niña. Era rubia, algo regordeta, tenía la cara inflamada y de los ojales de sus ojos brillaban dos estrellas. La niña de los ojos de estrella se acercaba a mi mesa. Los cinco chicos la miraron. Los cinco empezaron a moverse en derredor. En derredor la estudiaron, parecían abejas alrededor de una flor. La siguieron así a cierta distancia. No le hablaron. La niña de los ojos de estrella sacó con delicadeza unas hebillas para el cabello de punzante terminación que tenía prendidas a un cartoncito y lo puso sobre la mesa. La niña de los ojos de estrella hizo lo mismo en las mesas vecinas, mientras los cinco chicos, los tres varones y la niña la seguían con la mirada, la seguían con un cierto perfilarse de sus cuerpos y el gato se quedaba solo de ellos. La siguieron así a cierta distancia, pero no le hablaron. Mientras le compraba una hebilla puntiaguda la niña de los ojos de estrella señaló el queso que había en la mesa. Cuando se llevó el queso para comer yo no alcancé a verla más. Los chicos abandonaron su ronda. Se juntaban de golpe. Se iban.
– ¡Al parque!, ¡hay juegos! –les gritó Viki poniendo el gato en la mochila.  Dylan, el pequeño, me dejó el papel con su nombre y el grado al que iba.  Después de él se acercó Viki y me dio su dibujo. En el dibujo de Viki yo tenía la cabeza enorme, los ojos muy grandes y el cuerpo pequeñísimo. No estaba mal.
– Me gusta mucho –le dije mientras le entregaba unos billetes sencillos.
– ¿Y yo? –dijo Dylan.
– Pero no le va a dar a to… -empezó a decirle ella mientras se separaba un poco de nosotros porque yo ya le estaba dando una moneda. Miraba alrededor inquieta y volvió a llamar. El que había dejado la bolsa cerca del árbol la tomó rápidamente y la puso en la mochila. El que había llegado rápido y había puesto la bolsa en la mochila recibió un tirón de pelos de Viki. El mayor de los niños cargó la mochila sobre uno de sus hombros y salió a la carrera. Detrás corrían su hermano y Viki y los hermanos de Viki. Corrían, los cinco, corrían. 

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