ESE HOMBRE de Eleonora Delfino

– ¿Lo vio a ese hombre, don Pedro? –le preguntó entusiasmada doña Rosa.
– Desde lejos, nomás. No es muy alto. Dicen que es el diablo.
– Yo lo vi, así de cerquita. Es el diablo nomás, tiene los dos ojos rojos.
– ¡ No mientas, Cachito!
– No hables, si vos no estabas, Martita.
– Ahora voy para allá, le voy a llevar una sopa caliente.
– Ni se te ocurra, niña malcriada.
– Voy a ir, él pidió comida, me lo dijo un soldado.
– No vas a ir, niña del infierno, vas a obedecer a tu madre.
– Doña Rosa, no se preocupe. Si pidió sopa no debe ser el diablo, ahora que estoy pensando –dijo asombrado Cachito.
– Don Pedro, ayúdeme a convencer a esta niña mal educada. ¿Y si me la toca?
– Los soldados van a estar con ellos. Además se lo veía muy mal al hombre, herido, no tenía botas, sólo un cuero atado con sogas en sus pies.
– Es el diablo, no solo tenía los dos ojos rojos, sino también le salía humo de la cabeza. Los soldados le tienen miedo, además pidió sopa pero todavía no se la tomó –sentenció Cachito.
– Don Pedro, ahí viene su hijo, el maestro.
– Felipe, ¿viste al hombre?
– Según los soldados no tiene alma. Viene a quitarnos las tierras y a tomar a nuestras mujeres.
– Les dije. ¿Dónde está la Martita?
– Le vi entrar en la escuela con un plato de sopa –dijo Felipe.
– ¡Mi niña! Me voy a caer...
– Doña Rosa, no se preocupe, espere a ver: si toma la sopa no es el diablo, si no la toma yo desconfiaría –dijo Cachito.
– Yo no creo que sea tan malo. El Huesito, cuando lo vio, se fue con él. Le movía la cola. Está en la puerta de la escuelita, esperándolo.
– Si los perros lo quieren no ha de ser tan malito el hombre ese –dijo don Pedro tratando de calmar a la señora.
El sol se escondió detrás de las apocalípticas nubes negras. El viento dejó de soplar. El silencio aterrador se apoderó del lugar. No se escuchaba ni el canto de los pájaros. Los pobladores se miraban sin saber el motivo. A lo lejos, una ráfaga de metralla se escuchó. La campana de la pequeña capilla había sonado unos minutos antes. Eran las 13:10 horas.
Martita llegó corriendo, gritando “me lo han matado, nos lo han matado. Era tan bello, sus grandes manos, sus ojos tristes, su clara mirada”.
– ¿Hablaste con él?
– Le pregunté por qué estaba por estos pagos y me dijo: “¿No ves el estado en que viven los campesinos? Son casi salvajes, viven en un estado de pobreza que deprime el corazón, con un único cuarto en el que duermen y cocinan y sin nada con qué vestirse, abandonados como animales. Viven sin esperanzas. Así como nacen, mueren, sin siquiera ver mejoría alguna en su condición humana".
La suave brisa del mediodía empezó a soplar, cada vez más fuerte. El sol apareció en el horizonte, dando más luz y calor que otros días. Los pájaros cantaban. A lo lejos un helicóptero alzó sus hélices. El ruido ensordecedor. La tierra. Los soldados corriendo alrededor. Y ellos mirando. Y ellos observando. Se tomaron las manos, con lágrimas en los ojos y una sola pregunta en sus labios: ¿Por qué lo mataron?

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