AROMAS de Dora Ferreirós

La señorita Olga dice que quiere que escribamos todo lo que nos gusta y lo que no. Lo que no me gusta es cortito: levantarme temprano, besar a las tías porque tienen pelos en la cara y me pinchan, y tomar purgante.
Lo que me gusta: ir al cine, jugar con los chicos de la cuadra y que mi mamá no me deja, y la tía Nené que es rubia y linda y me voy a casar con ella cuando sea grande. Pero lo que más me gusta es la comida que hace Ángela. Es la nueva cocinera. Andaluza, de España, alta, morocha, tiene un pelo largo con muchos rulos y se viste con colores fuertes, mucho rojo y mucho verde. Mamá dice que es “cache”. ¿Qué es cache?
La comida es bárbara, hasta la sopa, porque le pone albahaca y hierbitas al pollo. Y la merienda es muy rica.
Cuando yo estoy acá haciendo los deberes mamá me llama.
– ¡Bajá a tomar el té!
No sé por qué dice “té” y no “leche” como todo el mundo.
– Mamá, si yo tomo café con leche.
– Es una cuestión de buenas maneras.
No me importa, un rato antes yo ya sé qué voy a comer: torta con canela o con azuquita quemada, masitas con pastelera… Estoy haciendo los deberes pero no puedo dejar de pensar en la comida.
– Es la única vez que obedecés rápido –dice mamá.
Pero además Ángela es muy cariñosa; me besa, me abraza y como es tan grandota me levanta en el aire. Me cuenta de cuando estaba allá en su pueblo en la cosecha de aceitunas; cuando terminaban se reunían a cantar y bailar.
– Que la vida es muy linda, chaval –dice siempre.
Le pregunté a mamá qué quiere decir “chaval” y me dijo que no lo repitiera, que debía ser una mala palabra y que no tenía que dejar que el “servicio” me toque. ¿Qué es el “servicio”? Le pregunté a mi primo Roque, que es grande, y me dijo que el “servicio” es el baño. ¿Mi mamá está loca?
Ayer Ángela hizo una torta de hojaldre con dulce de leche pero mamá no me dejó repetir. Cuando salió me fui corriendo a la cocina y Ángela me dio otro pedazo y me dijo que me va a enseñar a bailar haciendo palmas y se puso a taconear y a golpear las manos mientras cantaba:
De los cuatro muleros
que van al agua
el de la mula torda
me roba el alma.
Y después se rió y nos reímos los dos y nos abrazamos. ¿Qué sabe mi mamá del servicio?
A la noche oí gritos, mamá estaba furiosa y papá trataba de calmarla.
– ¿Qué estás haciendo todo el día en la cocina? ¿Desde cuándo te gusta comer? ¿Te crees que soy tonta? –decía.
No sé qué le contestó papá pero mamá estaba muy enojada. Seguro que Ángela, que es muy buena, le estaba enseñando a papá a batir las palmas. Bueno, así podemos bailar los tres, pensé y me dormí.
– Rápido, apurate, el desayuno está listo –me gritó mamá desde el comedor.
Junto al café con leche sólo un plato de galletitas.
– ¿Qué, no hay nada más?
– No, comé y callate que se te hace tarde.
– ¿Ángela no hizo scones?
– Ángela no está.
– ¿Cómo no está? –pregunté y empecé a pararme.
– Quedate quieto –me fulminó mamá–. Ángela se fue anoche.
– ¿A dónde?
– A España.

– ¡Vaya con el viejo!
Se le cayó el cuaderno, cuaderno Rivadavia prolijamente forrado con papel azul con dibujo de arañas. Se agachó a recogerlo, no recordaba aquella moda pasajera implementada por la señorita Olga, maestra de cuarto grado. Del cuaderno se había olvidado, no de Ángela. En una atmósfera cerrada, fría y superficial donde siempre se quería aparentar más de lo que se era, Ángela había sido un efímero aire fresco. La recordaba bien: alta, buena moza, robusta, muy grandota, siempre sonriente. Ella lo abrazaba y lo besaba con cariño, lo consolaba cuando lo retaban y cocinaba riquísimo.
– ¡Vaya con el viejo!
Nunca se lo hubiera imaginado. Por fin algo que podía suavizar, humanizar el recuerdo frío y severo de un padre distante preocupado solo por los negocios.
Deshacer la casa paterna no es tarea fácil, se mezclan la obligación perentoria, la nostalgia, la pena por el tiempo irrecuperable. Decidió invertir el orden que tenía dispuesto. Empezaría por la cocina. Abrió el ventanal y el sol entró a raudales, fuerte, muy fuerte; el aroma de las especias llenó el ambiente, le entró en el cuerpo, le calentó el alma y allá en un rincón entre cacerolas y platos Ángela, sonriente y colorida, está batiendo crema y espolvoreando canela y jengibre, mientras un chico pequeño da vueltas a su alrededor al ritmo de:
Anda jaleo, jaleo,
ya se acabó el alboroto
y ahora empieza el tiroteo
y ahora empieza el tiroteo.

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