AMIGAS de Claudio Mizrahi

–Atento, atento, ¿me copia?
–Afirmativo.
–Tengo un occiso masculino, caucásico, cuarenta años, en la intersección de calle 17 y 105. Solicito móvil en el lugar.
–Ya le mando el móvil. Notifico al fiscal de turno y policía científica.
Un silencio de muerte se adueñó de la escena del crimen cuando la radio policial dejó de modular su voz metálica. La morosa luz del único farol sano de la cuadra retaceaba un opaco tinte anaranjado. Detenido en la esquina, un taxi era la fatal mortaja de su conductor: en estos barrios periféricos no es recomendable transitar sin la debida protección de Febo. Junto al vehículo una mujer cincuentenaria, aún conmovida, aguardaba instrucciones del agente policial. “Me va a tener que acompañar”, fue la consabida orden que la señora acató sumisa.
Este es un extracto de la declaración testimonial que la mujer prestó en la comisaría:
“Había salido de casa de mi madre y caminaba hacia la avenida para tomar un taxi porque por estas calles oscuras no pasa ninguno. Me sorprendió ver un taxi parado en la esquina y corrí a alcanzarlo. Vi a una chica joven y rubia con la pollera muy cortita que se alejaba apresuradamente. Subí, le indiqué al taxista la dirección, y nada. Cuando miré el espejo retrovisor me pegué el susto de mi vida: el chofer estaba con los ojos en blanco y una expresión terrorífica en el rostro. Creo que corrí gritando hasta la avenida, donde me encontró el policía.”
El patrullero enviado a la zona descubrió a la chica descripta por la testigo –como después se sabría– deambulando en las cercanías en evidente estado de conmoción. Horas más tarde, en presencia del fiscal, la chica lo contó todo.

Luciana y Verónica eran amigas inseparables, salvo por el breve y eterno período en que Luciana estuvo juntada con Fabio. A Fabio, que era veinte años mayor que ella, no le gustaba que su novia saliera con gente –incluso las amigas– sin su presencia, y esos encuentros tensos y custodiados se dieron apenas en un par de ocasiones. Verónica no sabía qué le había visto Luciana a un tipo tan vulgar y desagradable como Fabio; o tal vez sí.
En una furtiva cita que Verónica con esfuerzo logró arrancarle, las dos amigas se vieron en un bar.
–¿Qué hacés pintada como una vieja? –preguntó Verónica.
–Me gusta así.
–Pero vos no sos así. Dejame ver. ¿Qué tenés ahí, estás lastimada?
–Me caí.
Luciana finalmente se quebró y entre sollozos confesó los maltratos a que Fabio constantemente la sometía. Sin embargo no fue ella quien cortó la relación. Al poco tiempo, sin mayor explicación, él la dejó.

Luciana estaba tratando de “rehacer su vida”, recuperar amistades, volver a salir, conocer a un chico. Un viernes a la noche se juntaron seis amigas a tomar unas cervezas y algún fernet en casa de Vero, haciendo tiempo antes de ir a bailar. Cuando la hora apropiada llegó buscaron dos taxis, porque en uno no cabían. Un motivo banal volvió a separar a las amigas inseparables: de las seis, sólo Luciana y Verónica conocían el boliche al que se dirigían; por eso cada una de ellas encabezó una pequeña comitiva. Luciana y las dos chicas que iban con ella llegaron primero y esperaron en la puerta. O casi, pues enseguida los patovicas del boliche las obligaron de mal modo a despejar la entrada. Pasaba el tiempo y las chicas iban inquietándose por la demora de sus amigas. Lu inició con Vero un rápido intercambio de mensajes de texto:
Donde tas?
No sabes!
No por eso te preg.
Boba no sabes kien es el taxista!
Kien?
Tu ex. Creo que me reconoció
El taxi giró, se internó en una calle desierta, avanzó lentamente y se detuvo antes de llegar a la siguiente esquina.
–¿Vos no sos la amiga de Lu? –preguntó Fabio mirando a Verónica, que estaba sentada detrás suyo, por el espejo retrovisor.
–Sí –titubeó–, pero ¿por qué paraste acá?
–Para poder charlar más tranquilos; la noche recién empieza, ¿no te parece?
Verónica no contestó. Recordó los padecimientos que Luciana no se había atrevido a contarle: la burla, el sometimiento, la humillación, los golpes. Entre las densas sombras podía adivinarse el pánico mortal de las tres adolescentes.
–Qué raro que no estés con ella –continuó el taxista–. La verdad que es mejor perderla que encontrarla, aunque tengo que reconocer que lo único que hacía bien era chuparla –Fabio estalló en una risa repugnante–. No sé por qué me metí con ella, si está mucho mejor la amiga –alzó las cejas hacia Verónica en el espejo–. Vamos a hacer una cosa: ustedes dos se bajan y se las toman, y vos venís a sentarte acá adelante.
–¿Cómo, que nos bajemos acá? –dijo una de las chicas.
–Sí, pendeja, escuchaste bien, y da gracias que no te cobro el viaje. ¡Dale, bájense ya!
Las dos chicas, perplejas, no tuvieron tiempo de reaccionar. Verónica se sacó el elástico de atar el pelo y con un rápido movimiento lo apretó sobre la garganta del taxista. Tiró con todas sus fuerzas hacia sí, hundiendo la cabeza de Fabio contra el respaldo mientras murmuraba entre dientes: “vas a aprender a tratar a mis amigas”. Las chicas miraron a Vero con una expresión mezcla de espanto e incredulidad, y entre llantos escaparon del lugar. Verónica quedó exhausta, desparramada en su asiento, asombrada de lo que había hecho. Le parecía estar viviendo un sueño, una pesadilla. El celular la volvió a la realidad anunciando un mensaje de Luciana:
Donde tas?
17 y 105 veni apurate
Es cerca ya voy
Luciana presintió que algo muy malo había pasado. Quiso llamar a Verónica pero ya no tenía más crédito en el celular.
–¿Qué dice Vero? –preguntaron las chicas.
–En un rato llega. Ustedes entren que yo la espero acá –mintió Luciana.
Las amigas obedecieron y Lu corrió lo más rápido que pudo al encuentro de Vero. Llegó a la esquina fatídica y miró a través de la ventanilla del taxi. Adentro estaba, solo, el cadáver de Fabio. Luciana se tapó la boca horrorizada. Subió. Se sentó en el asiento del acompañante, con la mirada fija en Fabio. Entre las piernas del taxista yacía el elástico de Vero. Después de un tiempo sin medida, Luciana, joven, rubia, pollera muy cortita, bajó del taxi y apuró sus pasos sin rumbo fijo. Un patrullero la encontró deambulando cerca de la escena del crimen.

Gracias a los datos que aportó Luciana, la amiga inseparable fue hallada sin dificultad por la policía. Verónica pasó el resto de su corta existencia en prisión. Luciana está juntada con un muchacho mayor. Dicen que la maltrata.

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