TRES BRUJAS SE HAMACAN EN UN RECUERDO, de Laura Prieto

Isadora tenía razones para asustarse del viento. La llevaba lejos en el pensamiento y la alejaba de los menesteres cotidianos de la palabra. En cambio, a Silvi se la veía firme ante las ráfagas que levantaban un frescor de otoño que olía a diabluras y juegos infantiles. La menor de ellas, Katia, era la encargada de mirar a ambos lados para ver si alguna de las hermanas se distraía. Las tres parecían apenas sostenerse en el aire frágil de la tarde. Los rayos de sol acariciaban las recientes arrugas de sus caras y por lo que se podía entrever, ellas se mecían en la hamaca inspiradas por un más allá de músicas, rondas y misterios. El secreto era pensar la misma hechicería al unísono, para reforzar el poder del conjuro. Según su madre les había confiado, algunas pruebas convenía intentarlas en grupo, tanto más si se trataba de la rememoración de un viejo acontecimiento por siempre olvidado. Ese día aguardaban con fervoroso anhelo la llegada del recuerdo.
Habían acordado los mejores atuendos para invocar aquel instante escurridizo de la memoria. Y ya dispuestas a transitar sin prisa ni pausa el territorio fugaz de una ausencia, sentían que tenían de nuevo diez años y salían a ganarle una tarde más al misterio. Katia miró de soslayo a Silvi, con los párpados apenas abiertos, en una pose sensual que conjugaba con las flores de los hombros en un suave frufrú. La risa de Katia elevaba a su vez la sonrisa de Isadora que, inspirada por el roce de las sedas, era la que había llegado más lejos: una antigua casona de principios de siglo, en el costado de las vías del tren, un verano del año mil novecientos…
“En el barrio aún las calles eran de tierra, las manzanas no se habían loteado y aquella mansión era la única que se erguía bella y diabólica en medio del paraje solitario. El padre había dispuesto aquel lugar sólo para complacerla. Ella comenzaría una vida de novela. Se probaba las suaves telas del vestido y el ramo de novia con el que llegaría al altar.” Su madre las sorprendió detrás de la puerta. Basta de invocaciones. Y la visión se hizo cada vez más tentadora. A falta de conjuro, sería bueno aventurarse a conocer el lugar. A los pocos días prepararon todo para después de la escuela. Las bolsas y las cantimploras para el camino.
Ya corrían por el parque de la quinta abandonada. Ya se subían y bajaban de los almendros florecidos. Era verano y en pleno calor de la siesta la casa resplandecía como en un sueño de adormideras. “Deja que cuente esta parte —dijo Silvi con voz casi inaudible—.Yo las guiaba entre las sombras para subir las escaleras. Pronto sentimos un quejido agudo proveniente del ático, que vos confundiste con las voces de los niños muertos.” “Cierto—prosiguió Isa— y la pequeña Katia se detuvo y gritó de espanto al oír la primera campanada.”
No había adónde huir. El eco las perseguía por todas las galerías solitarias. La bella pareja amortajada. Por las escaleras ahora ensangrentadas, por los salones en los que habían bailado inocentes el primero y último vals. ¿Cómo habían cambiado la esponjosa merienda de la abuela por un sinsentido semejante? Pobre Silvi, siempre tan enternecida con la leyenda del castillo. ¿Quién sabe si hubieran sido felices? En cambio sus padres tenían una convivencia terrenal pero auténtica. Quién sabe si los jóvenes no hubieran huido espantados el uno del otro como ellas lo hacían esa tarde por las vías que daban a la estación. No les alcanzaban las piernas para alejarse y terminaron despatarradas en los escalones del almacén de Ricardo Gutiérrez, con las bocas abiertas.
Katia miraba intrigante a ambos lados del asiento. Isadora se veía exhausta como una poseída después del exorcismo. ¿Por qué se habría borrado aquel recuerdo? Era una cuestión que las dejaba atónitas y les provocaba extrañeza, como aquella noche en que vieron quemar los libros de Sartre con los que estudiaba su padre junto a los cuadernos de brujerías de la abuela Agustina. Por consenso familiar mamá dejó la magia y la hechicería para tiempos menos oscuros. Para Isadora, su madre quiso protegerlas de las habladurías barriales y de otros espantos concretos. Y que no se cumpliera la maldición que recaía sobre las niñas que se atrevían a pasar las puertas de lo prohibido. No se podía traer a la pareja de recién casados, arrollados por un tren en plena noche de bodas y sin poder disfrutar de su idilio. También su padre se había muerto joven, sin que ellas hubieran podido confesarle aquel episodio a unas cuadras de su casa en Villa del Parque.
Cada una tenía por suerte su profesión. Katia era buena cocinera, los caldos eran su especialidad. Silvi se dedicaba a la medicina natural. Isadora cultivaba el arte de la palabra. Pero los fines de semana, reunidas en el patio de la casa de mamá, las hermanas seguían siendo literalmente brujas. Ese era uno de esos días. Lo cierto es que en la foto se las verá diosas por siempre, trayendo con malicia y felicidad aquel momento olvidado. Del otro lado, una señora grande parece divertirse enfocando el conjunto, sin saber del todo qué provoca las risas de las susodichas. En el ir y venir de la hamaca, Isadora comprende esos huecos que la memoria escamotea para poder recordar. Se permitían ahora compartir aquella diablura infantil como si ocurriera en ese instante, en medio del viento que les acaricia la piel y les provoca escalofríos.

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