SENSACIÓN de Isabel Stimolo

Me persigue, lo siento aunque no lo vea. Y está tan cerca que ya su presencia me abruma y angustia. Y sigue persiguiéndome, no deja de hacerlo, y siento que me alcanza. De pronto me detengo. Quiero que llegue hasta mí, no me importa. Y sí, está ahí, tan cerca que, si quisiera, podría tocarlo. Tan cerca que, si quisiera, podría tocarme. Pero no, no hay contacto, solo esa presencia que me estremece. Sigo caminando, ahora más lento, y está ahí, al acecho, y es tan insoportable su presencia que hasta siento dolor. Sobreviene un silencio denso y oscuro. Ya no está, se perdió en la negrura de la noche. No puedo respirar. Jadeante miro, pero solo hay sombras amorfas y una bruma espesa que lo cubre todo y en la que me pierdo. Y ahí está otra vez. Lo percibo claramente. Invisible al ojo humano, pero ahí está. Está aquí y allá y en todas partes. Estoy al límite de mis fuerzas, no obstante sigo andando, cada vez más despacio. Y está ahí, siempre detrás de mí y sigue estando, sigue ahí. Me doy vuelta y caigo y lloro y suplico y grito hasta que mi voluntad me abandona y pierdo el sentido. Despierto con un aroma a flores recién cortadas. Estoy en un jardín, las flores me rodean, sus pétalos me van cubriendo hasta casi asfixiarme. Levanto la cabeza. No hay nadie. Estoy sola. Pero estaba ahí, detrás de mí, estoy segura. Sentí su presencia, su fuerza arrolladora que me anulaba. Y sigue estando, sin duda. Esa intangibilidad perpetua está dentro de mí. Me voy, no sé adónde, pero me voy, y ya no importa. Fatalista, me someto a esa sensación.

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