EN LA PLAYA de Amalia Catania

Se conocieron hace unos años, cuando la empresa contrataba personal de limpieza para los turistas que en verano inundaban la ciudad balnearia. Las familias locales aprovechaban para reforzar el ingreso de los hombres, mayormente empleados en la pesca e industrias derivadas. Juana y Montse eran, además, vecinas. Adela compartió con ellas varios trabajos en casonas que había que poner en forma al comienzo del verano.
Tarde agradable, apropiada para una escapada al mar. A las cuatro de la tarde de noviembre la arena es tibia sobre la playa del puerto. El mar luce más azul que el cielo. Tres nubes como tres trazos en el horizonte.
– Allá va Vicente –dice Juana.
– ¿Cómo sabés? –pregunta Montse.
– Porque reconozco la barca, por la popa y el color.
– Así que tenés la tarde y la noche libres.
Adela, recostada, parece dormida. Ampara su espalda y su cabeza con un toallón. Las palabras le llegan a pesar de la modorra.
Juana cree que él pasará la noche en alta mar.
Esto no puede durar. Tengo que decidirme. Me parece que lo siento llegar, deslizarse caliente contra mi cuerpo; ese olor mezcla de tabaco y sudor. Me murmura palabras soeces y me pierdo, me pierde. Esta noche, Vicente, debe ser la última. No puede ser, no debe ser, somos adultos. Sí, esta noche hablaremos, yo le saco el tema, si no, lo amenazo, lo dejo. Está refrescando.
– ¿Está dormida?
– Parece.
– Últimamente está rara, callada, se cansa más.
– ¿Estará saliendo con alguien?
– Le pregunté por Domingo y dice que hace meses que no lo ve –responde Juana–. Otras casas no tiene, pero qué sé yo…
– Tocala, ¡despertala!
_ ¡Dejala tranquila!
Esta noche le digo que basta. Nunca me pasó esto con una amiga de años, nada menos. Me da frío estar así quieta. Ahora me levanto. Mañana me traen al nene, le voy a preparar milanesas. Tengo el pelo duro, cuando llegue me voy a lavar con el champú nuevo que me regaló Montse. No sé cómo me lo dejará, tiene lindo perfume. Me voy a levantar. ¿Con qué cara le hablo?
– ¡Vamos! Vamos que hace frío.
Adela se levanta. Recogen las mantas, sacuden la arena y caminan lento hacia la avenida. Se despiden. Juana y Montse doblan hacia el Sur, Adela, hacia el Norte. El sol se esconde detrás de las nubes.

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