FELIZ CUMPLEAÑOS, de María Isabel Cánepa

Ella se había dormido no bien apoyó la cabeza sobre la almohada. Cumplir veintiún años y rendir Derecho Comercial todo el mismo día la había dejado agotada. El karma de los que cumplen en marzo. Pero no había querido perder la oportunidad de sacarse de encima esa materia que odiaba. Claudia fue a cenar con sus padres, abuelas y hermano a un restaurant muy formal cercano a la Facultad. Se aburrió bastante, como era habitual en esas reuniones familiares, pero no perdió la sonrisa. ¡Había aprobado otro final! El festejo con los amigos iba a ser el sábado siguiente.
Su hermano mayor, Alejandro, subió a cambiarse de ropa y al poco rato fue al bar de siempre. Su madre no tardó mucho más que ella en dormirse. No porque estuviera cansada, sino gracias a la pastilla blanca que había tomado.
Su padre se cercioró de que las dos estaban dormidas y descolgó el teléfono (no fuera cosa que alguien llamara para saludarla). Sin prisa pero sin pausa, fue sacando toda su ropa del placard y la acomodó en dos valijas. Sacó del taparrollo la mitad de los ahorros que habían juntado durante varios años y puso el resto sobre la mesa del comedor. Al lado colocó un documento donde cedía la parte de la propiedad que le correspondía a sus hijos. Lo había firmado delante de un escribano amigo.
Todo estaba listo. Se sentó y encendió un cigarrillo. Mientras lo saboreaba, escribió una nota: Son mayores de edad y pueden hacerse cargo de su vida. Su padre ya cumplió. Adiós.
Salió, le dio dos vueltas a la cerradura de la puerta y cargó las dos valijas en el auto que había dejado estacionado a pocos metros. Arrancó despacio y aceleró al doblar la esquina. A las veinte cuadras, más o menos, tiró las llaves de la casa en una alcantarilla.
Cuando Alejandro volvió a la madrugada, se encontró con todo ese montaje y las despertó a los gritos. Su madre inspeccionó el documento de cesión, tomó otra pastilla y volvió a acostarse. Claudia leyó y releyó la despedida de su padre. Después intentó calmar a Alejandro. Fue en vano. Como lo vio muy sofocado, intuyó otro ataque de asma. Cuando fue a llamar a la emergencia médica, como nadie podía verla, se agarró la cabeza con las manos unos segundos. Después discó.

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